Yo hablaré de los míos

Llegan las despedidas de los futbolistas más extraordinarios de la élite. Cualquier aficionado, supongo, se deleitaría el pasado domingo con el homenaje rendido a Steven Gerrard en Anfield. Y no es extraño, más difícil es encontrar ahora al jugador que jura fidelidad a su equipo durante casi toda una carrera. Pronto, ocurrirá lo mismo con dos estandartes de la Liga española, eso sí con finales bien diferentes para ambos.

Xavi Hernández, El 6 en azulgrana y el 8 en rojo. Cerrará su ciclo en el Barça con 23 títulos –que podrían llegar a ser 25 en caso de ganar Champions y Copa del Rey- a su espalda. Pero el legado del tarrasense irá mucho más allá de los títulos grupales y las dos Eurocopas más el Mundial conseguido con la selección española. Un Balón de Oro que, injustamente, jamás ha sido reconocido. Dicen que el mejor jugador español de todos los tiempos. Un estilo casi místico de juego, caracterizado por el mayor mimo que se le pueda dar a una pelota. El rugir de una grada entera coreando su nombre y no en su estadio, sino en cualquiera de los que pisa en España cuando es sustituido. La capacidad para coger los galones en el centro del campo, primero en Barcelona y luego en el combinado nacional. La demostración de que los más grandes no tienen por qué estar rodeados de un halo de prepotencia.

También ocurrirá en Madrid con Íker Casillas, esta temporada o próximamente, con la pena de la poca memoria que existe en el fútbol. Porque Casillas ya no es el santo. Saldrá con la afición dividida y fijándose únicamente en el presente, haciendo olvidar cuántas cosas se han festejado en el Bernabéu gracias a él. El fútbol es así, te lleva de lo más alto a lo más bajo en cuestión de minutos. Quizás no ayudara tampoco un máximo apoyo por parte de la prensa intentando hacer ver que el nivel es el mismo, cuando los ciclos –lamentablemente- finalizan.

Afortunadamente, habrá que esperar más para que, otros como Iniesta, digan adiós al fútbol de máximo nivel. Comparto, casi al cien por cien, la opinión de barra de bar que asegura que si muchos de aquí acabaran sus nombres en –inho, estarían mucho mejor valorados. Y habría que darle vueltas y madurar la idea, pero en las calles se encuentra lo obvio.

De niño, la gente jugaba a ser Ronaldo y parar como Oliver Kahn. Ahora, quieren marcar goles como uno de Asturias, regatear como otro de Albacete y que no la pare el que emula a un mostoleño. Pirlo será la elegancia; Ronaldo, la potencia; Messi, Dios en persona. Disfrutaré con ellos, pero yo hablaré de los míos.

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